k24
basket, General

Gracias por la magia, Kobe

El 13 de abril del 2016 va a ser uno de los días más tristes de mi vida, y el motivo parecerá hasta naíf, pero cada uno con sus cosas. Ese miércoles probablemente Kobe Bryant juegue su último partido en la NBA, con la camiseta de Los Angeles Lakers.

Kobe anunció su retiro con una carta, un poema. A su estilo; elitista, sublime e insuperable.

Durante los próximos meses la historia va a ser de comparaciones, con Jordan, al tipo al que quiso parecerse tanto. Con LeBron, el tipo con el que no tiene casi nada en común. Con los fans por un lado mostrando el lado bueno, los cinco anillos. Con los anti por el otro, mostrando la cantidad de fallos, de peleas con compañeros, los partidos perdidos.

Esa es una pelea ajena, en la que nunca va a haber un ganador.

Yo tenía 9 años cuando en Iturbe, en una seccional con baldosas que te comían la suela de los championes chinos como pirañas adictas a la goma, me mostraron que había un deporte en el que podía tener cierto futuro: basketball.

Es obligatorio que de entrada aclare que a lo máximo que llegué fue a una medallita de un intercolegial, a pisar un rato el parquet en la UAA, y a 1,73 de altura. (?)

Enano, sin experiencia, y con exceso de orgullo, por aquellos días el consumo de revistas en la casa de un primo me mostraba que los Bulls eran lo máximo, pero que en Los Angeles se gestaba un retorno a los buenos tiempos. Esos buenos tiempos que eran páginas ‘retro’ o algún pedazo de noticia sobre la salud de Magic Johnson.

Cada verano intentaba mejorar. Mis viejos se encargaron de que el herrero del barrio en Villa Elisa haga un aro en el que apenas entraba una pelota de goma, se colgó por un mango en el fondo de casa. Ahí donde pasé tantas, incontables, horas de mi infancia y adolescencia.

Kobe había sido un irresponsable, siendo un pendejo falló tiros claves en una serie contra Utah, en esa época que los mormones le peleaban a Jordan las finales NBA. ¿Por qué? Porque quería ser mejor. El que no arriesga no gana nunca y peor aún queda con la sensación más desagradable, la de los recuerdos creados por situaciones que no existieron. El ‘qué hubiese pasado si…’.

En 2001, ya con amigos fanáticos del mismo deporte, amigos que mantengo hasta hoy, inscribirnos en un colegio solo porque tenía una cancha hermosa. Que malla curricular, que distancia, que cuota, ni que nada, solo la cancha.

Por aquellos años a Kobe le iba excelente, empezó a ganar campeonatos, era una estrella. Yo leía cada vez más sobre él. Internet entró a mi vida y de algún modo la pelota que a él le daba millones, a mí me mantenía alejado de…digamos, lo que sea que hace que hasta hoy, otros amigos del barrio sigan estando donde están.

A los 17 años me di cuenta que no iba a ser como en mis sueños, que no iba a poder ser un base en la NBA, que no tenía ni el talento, ni el tiempo, ni las condiciones para serlo, pero que sí tenía la dedicación para intentar hacer lo que sea, de la mejor manera.

¿Qué lleva a tipos con la vida hecha a querer ganar, ganar y ganar? ¿Qué los motiva? Deben haber miles de respuestas posibles y yo no tengo una sola que me cierre. Lo único que tengo es una deuda, enorme, con un tipo al que no conozco, que admiro profundamente, y que de algún modo me salvó de un futuro algo oscuro.

No va a volver a haber otro Kobe, es lógico, pero ojalá siga habiendo deportistas, que hagan que chicos en algún lugar del mundo quieran ser como ellos.

Que agarren una pelota y se imaginen que se acaba el tiempo para lanzar…5…4…3…2…1.

Y que no importe un ‘clank’ y afuera, porque siempre, siempre habrá otra oportunidad.

Gracias Kobe por la magia.

Estándar