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Bulbo moscovita

Habían pasado varios años desde la última vez que el hombre soñó. Su rutina era obviamente la misma todos los días, cerrar los ojos, dejar de pensar y despertar. Nunca sentía estar por completo dormido. La vida, igual, transcurría para él y para todos, de forma normal.

Acostumbrado a huir recorriendo el mundo, se vio sorprendido al ingresar a Moscú. Un gigantesco puente hacía de puerta de acceso para quienes sorteaban las adversidades desde la única entrada, la vieja Europa, destruida por la reciente guerra. La salida hacia el Oriente era ya nula, la renovada muralla era impedimento para los cobardes y sortearla representaba una tarea de la que solo quedaban valientes esqueletos que lograron pisar tierra firme en la Gran República Roja. No obstante era el único lugar adonde escapar. Había que hacer el intento de cruzar.

A través de la ventanilla del vehículo en el que viajaba, deslumbraba el reflejo de los soles mediante las altas y cristalinas aguas que solo dejaban ver la cúpula de la que fuera una Catedral de alguna religión ya extinta, como casi todo en aquel entonces. La fisonomía de la ciudad no era la misma que contaban los libros hallados en viejos cofres congelados.

Esos bulbos de llamativos colores eran objeto de constante limpieza. Mil hombres se mecían en distintas armazones metálicas que colgaban de majestuosos helicópteros no tripulados. Pulían, pulían y pulían. Sin pausas, hipnotizaban a quien apreciara su trabajo, solo el pestañeo de un extraño daba pie a que la mente volviera a su estado natural.

“¿Por qué limpian con tanto empeño esas estructuras estando todo inundado?”, preguntó el casual visitante mientras aún admiraba a los obreros.

“Porque ya llegará el día en que las aguas bajen. Hay que estar preparados”, respondió el guía para proseguir a una tradición que no se perdió ni en mil años.

El sorbo de vodka convidado bajó por la garganta y le generó escalofríos al visitante. Se despabiló y se percató de aquellas sensaciones olvidadas: que alguna vez las cosas dejarían de estar tan mal, y de que tras tanto tiempo, había soñado.

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