Asunción desde arriba. Fotociclo.
General, periodismo

Se enojó Mario

No vivo y por tanto no voto en Asunción, pero sin embargo es parte de mi vida. Lo que le pasa, quién la maneje y cómo la maneja, me afecta, para bien y para mal.

Es una sorpresa constante lo apática e indiferente que puede ser esta ciudad, y al mismo tiempo lo mucho que se puede lograr en ella con dos o tres tipos organizandose un poquito y poniéndole garra. Una de las pocas ventajas del subdesarrollo es que casi todo lo bueno todavía está por hacerse (y a veces lo podemos hacer nosotros).

Asunción me duele o me hace reír, me indigna hasta la histeria o me sorprende con momentos de lo que sólo puedo describir como una versión urbana de realismo mágico. Me da miedo, pero también me da esperanzas.

Escribiendo esto me doy cuenta de que en realidad, más allá de ciertos pormenores urbanísticos, cuando hablo de Asunción en realidad estoy hablando, más que nada, de su gente. Desde esta perspectiva, el carácter de la persona que está a cargo de esta ciudad, o de cualquier ciudad, es de una importancia crucial.

Hace unos años me pregunté al aire, en radio, si la próxima vez que Mario Ferreiro decidiera dejar los medios para aventurarse a la política -de nuevo- volvería a pedir perdón.

No recuerdo la organización exacta de mis palabras, pero la idea más o menos iba por el lado de “¿Será que cuando vuelva a candidatarse va a volver a pedir perdón por sus omisiones y errores como comunicador?”, debido a cómo se había dado el anuncio de su alejamiento del 9, y principalmente por su retorno a las pantallas en La Tele. Una boludez, seamos claros, pero todos los días hay gente despedida por boludeces de ese tenor, o incluso más intrascendentes.

Mario, coincidentemente, se encontraba en Telefuturo, a metros del estudio de Monumental, conversando con Oscar Acosta en su programa matinal. Dudo que haya estado escuchando lo que yo decía, pero aparentemente alguien le pasó el dato, porque apenas terminó su participación en el programa de Oscar se acercó al estudio a discutir la situación.

Hablamos, intercambiamos un par de ideas, expuso las suyas, yo las mías, periodista portepe. Ha opa upepe.

Mario no recordará aquel momento, pero yo sí, por la simple razón de que, si bien no fue precisamente la primera vez (y ciertamente tampoco la última) que alguien se molestó por los disparates que dije (y digo) al aire, fue sí la primera vez que una persona que se consideró afectada por lo que dije se acercó, sencillamente y sin boludeces de por medio, a exponer su punto de vista. Sin prepotencia, sin intentar desacreditar mi argumento o mi persona, y sobre todo sin exigirle mi cabeza a algún superior, que es, seamos sinceros, como estos roces mediáticos se resuelven en la mayoría de los casos.

Sabemos todos que la política (y en particular el ejercicio del poder político) cambia a la gente con muchísima más frecuencia de lo que la gente cambia a la política. Y casi nunca para mejor.

Pero si el punto de partida es un tipo decente y humano, directo pero conciliador, que vende un poco de humo (como hacemos en esencia todos los que trabajamos en medios) pero intenta trabajar en serio en todo lo que hace, me parece que las chances son un poco mejores de que el cambio, si se da, se dé en el sentido que queremos todos. Que quizás, incluso, necesitamos todos.

No le envidio en lo más mínimo el monumental kilombo del que va a tener que hacerse cargo, ni la intimidante magnitud del desafío que tiene ahora enfrente, pero creo (y me hace bien creer) que, si se enoja, Mario puede estar a la altura.

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